ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL II

ARENDT This is philosophy


El pensamiento de Hanna Arendt2  

Francisco Javier Espinosa Antón 

Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades de Cuenca 

El pasado nunca está muerto, ni siquiera es pasado  

("A casa a dormir”, Responsabilidad y Juicio, p. 248). 

VIDA (1906-1975) 

Su madre le enseñó a luchar cuando era atacada: a utilizar el propio dolor como potencia agente. Busca estudiar con un filósofo auténtico y se va a Marburgo donde se enamora de Heidegger. Deja Marburgo y a Heidegger y se va con Jaspers. 

Trabajó para una organización sionista en 1933 bajo el ejemplo de Kurt Blumenfeld: si la agreden como  judía, debe responder como judía3.  

Es encarcelada por la Gestapo y como no cree en que la vayan a soltar, les dice un cúmulo de mentiras.  La sueltan e inmediatamente se va a Francia (1933). 

En 1940 es llevada a un campo de concentración del que se escapa y va a Estados Unidos Allí trabaja para la Jewish Cultural Reconstruction Corporation. Pero luego no se sintió judía ni de ningún  pueblo. Propugnaba una federación entre palestinos e israelitas. Combinación de pertenencia judía y  amor al mundo4

Priorizó la lectura del existencialismo frente al materialismo marxista: la contingencia se convierte en la  última palabra con la que Dios se dirige al ser humano, imponiéndole la carga de decidir siempre en  condiciones de finitud e incertidumbre5

1951: publica Los orígenes del totalitarismo 

1953: una cátedra temporal en el Brooklyn College de Nueva York, en parte gracias al éxito conseguido  en EE. UU. con su libro sobre el totalitarismo 

De abril a junio de 1961, Arendt asistió como reportera de la revista The New  Yorker al proceso contra Adolf Eichmann en Jerusalén. Al final escribe un libro titulado Eichmann en  Jerusalén. El libro le causa muchas enemistades entre los judíos. 

Enseñanza en la universidad y premios. 

De las personas que fueron influyentes en el pensamiento y la filosofía en el siglo XX, una de las más  presentes en la actualidad es Hannah Arendt. Hay muchas ideas suyas que nos ayudan a pensar nuestra  realidad. Quizá la más importante es la de que cualquier ser humano tiene en su mano el poder de  obstaculizar la emergencia del mal6. Su pensamiento no es sólo una meditación sobre la catástrofe totalitaria,  sino una iluminación de la oscuridad que se cierne sobre nuestras sociedades. Por eso critica los ritmos de  producción imperantes, el repliegue del individuo a la esfera privada, las separaciones artificiales entre los  seres humanos debidas a la raza, la nación o el género, y el triunfo del entretenimiento privado sobre la  autoformación cívica. Podríamos decir que quiso hacer del cosmopolitismo una guía para actuar en el  mundo, y de las virtudes cívicas la fuerza para la acción. Quizá el pensar por sí mismo sea la clave de bóveda  de su obra.  

I. Totalitarismo: HANNAH ARENDT, Los orígenes del totalitarismo7 

A. RASGOS DEL ESTADO TOTALITARIO 

Arendt quiere describir los rasgos del estado totalitario tanto en el nazismo alemán como en el  comunismo ruso, entre los que ve muchos rasgos parecidos. Serían los siguientes: 1. El abandono de las leyes por la voluntad del gobernante supremo. Hitler criticaba a las personas  que “fueron incapaces de saltar sobre su propia sombra” e insistieron en medidas legislativas, porque no  comprendían que la ley suprema no era la constitución, sino la voluntad del Führer (OT 491). 2. La invisibilidad del poder (“el poder auténtico comienza donde empieza el secreto” (OT 495), que  fundamentalmente es la policía secreta (“La policía ocupa en un estado totalitario la posición pública más  poderosa” (OT 497)), y las diversas mostraciones del poder son prescindibles (ministerios, partido…) cuando  quiere el líder. 

3. La creación de enemigos. “La categoría del sospechoso abarca así, bajo las condiciones totalitarias,  a toda la población: simplemente por su capacidad de pensar, los seres humanos son sospechosos por  definición […] La sospecha mutua, por eso, permea todas las relaciones sociales en los países totalitarios y  crea una atmósfera omnipenetrante al margen de la esfera especial de la policía secreta” (OT 524-5). 

Los judíos en la Alemania nazi o los descendientes de las antiguas clases poseedores en la Rusia  soviética no eran realmente sospechosos de ninguna acción hostil; habían sido declarados enemigos  “objetivos” del régimen de acuerdo con la ideología de este (OT 517).  

4. Los campos de concentración son la verdadera institución central del poder organizador totalitario  (OT 534). 

B. CONSECUENCIAS PARA LOS QUE VIVÍAN EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN 1. “El primer paso esencial en el camino hacia la dominación total es matar en el hombre a la persona  jurídica” (OT 543). Matar la “personalidad jurídica” del hombre significa acabar con el estado de derecho,  con el imperio de la ley, lo que implica que en los hombres muera la creencia en el valor de las leyes. Ello se  logra (1) colocando a ciertas categorías de personas fuera de la protección de la ley, por ejemplo, a los judíos,  los gitanos, los comunistas o los homosexuales, (2) situando al campo de concentración fuera del sistema  penal normal (que consiste en los jueces, juicios públicos y cárceles) y (3) seleccionando a sus internados  fuera del procedimiento judicial normal en el que a un delito definido corresponde una pena previsible”. La  mayoría de los presos en campos de concentración son personas que no han cometido ningún delito (junto  con unos pocos presos con delitos, que encima son puestos como los kapos). En el totalitarismo las leyes no  cuentan. 

2. El siguiente paso decisivo es el asesinato de la persona moral en el hombre. Ello se realiza, en  general, haciendo que sea imposible que alguien tenga un comportamiento moral. Hannah Arendt pone  ejemplos de cómo se asesina en el hombre su conciencia moral: como los que viven en el campo de  concentración saben que al final todos serán convertidos en cenizas y que no quedarán testigos de las  acciones buenas o malas, entienden que ninguna acción o gesto llegará a tener un significado para nadie (OT  548). Si todo va a acabar en el pozo del olvido, ¿qué sentido tiene hacer un acto bueno o malo? (OT 529).  Otro ejemplo sería: “Cuando un hombre se enfrenta con la alternativa de traicionar y de matar así a sus  amigos o de enviar a la muerte a su mujer y a sus hijos, de los que es responsable en cualquier sentido;  cuando incluso el suicidio significaría la muerte inmediata de su propia familia, ¿cómo puede decidir? La  alternativa ya no se plantea entre el bien y el mal, sino entre el homicidio y el homicidio. ¿Quién podría  resolver el problema moral de la madre griega a quien los nazis obligaron a decidir cuál de sus tres hijos  tendrían que asesinar?” (OT 549). Como cualquier decisión que tome implica decidirse por el mal, a la madre  se le muestra que no hay ética, que no hay decisión ética que valga. 

3. El último y decisivo paso es matar la individualidad de la persona humana, su creatividad su  capacidad de actuar. Los métodos son numerosos y no intentaremos enumerarlos: “Comienzan con las  monstruosas condiciones de los transportes a los campos, cuando centenares de seres humanos son  hacinados desnudos en un vagón de ganado, prácticamente soldados entre sí y trasladados durante días y  días de una a otra parte del país; continúan con la llegada al campo, el bien organizado shock de las primera  horas, el rasurado de la cabeza, la grotesca indumentaria del campo; y concluyen con las torturas  profundamente inimaginables, calculadas no para matar el cuerpo, en cualquier caso no para matarle  rápidamente. El propósito de estos métodos, en todas las ocasiones, es manipular el cuerpo humano -con  sus infinitas posibilidades de sufrimiento- de tal manera que sea destruida […] inexorablemente la persona  humana” (OT 550). Matar la individualidad en la persona humana era matarlos como individuos con una  identidad propia y con capacidad de elegir sus propios actos: así se transformaba a la personalidad humana  en una simple cosa (OT 533). Así los presos en los campos de concentración ya no tenían agencia para  rebelarse, se dejaban llevar hasta la muerte sin protestar, renunciaban a sí mismos y a su identidad (OT 552). 

En la tiranía se intenta cercenar la capacidad de acción política de los seres humanos , pero se le deja  al hombre una capacidad de actuar espontáneamente en la esfera de la vida privada. Pero el totalitarismo  no deja espacio para semejante vida privada y la lógica totalitaria destruye la capacidad del hombre para la  experiencia personal y el pensamiento tan seguramente como su capacidad para la acción (OT 575). El  totalitarismo no quiere que los súbditos piensen como el que gobierna, sino que no piensen en absoluto. 

C. EL MAL RADICAL  

El totalitarismo es el mal radical. Nunca en la historia ha habido un mal más malvado, ni un mal que fuera  hasta las raíces como este:  

Cuando lo imposible es hecho posible, se torna en un mal absolutamente incastigable e  imperdonable, que ya no puede ser comprendido ni explicado por los motivos malignos del  interés propio, la sordidez, el resentimiento, el ansia de poder y la cobardía. Por eso la ira no  puede vengar; el amor no puede soportar; la amistad no puede perdonar. De la misma manera  que las víctimas de las fábricas de la muerte o de los pozos del olvido ya no son “humanos” a  los ojos de sus ejecutores, así estas novísimas especies de criminales quedan incluso más allá  del umbral de la iniquidad humana (OT 556). 

D. NACIMIENTO, NUEVA ESPONTANEIDAD, NUEVO MUNDO 

Pero, aun así, Arendt siempre tuvo, incluso en las circunstancias más adversas, como estas del  totalitarismo, fe en la continuidad del mundo y fe en Dios8. Afirmaba que con cada nuevo nacimiento de un  ser humano se da una nueva posibilidad de cambiar el mundo. Comenzar algo nuevo, indicaba, es la suprema  capacidad del hombre. 

II. La condición Humana9 

Estas últimas ideas apuntadas en el final de Los orígenes del totalitarismo son desarrolladas  extensamente en su obra La condición humana. Al contrario que Heidegger, Arendt basaba su pensamiento  en el nacimiento del individuo y no en la muerte (Heidegger: el hombre es un ser para la muerte, y solo el  que tiene presente continuamente su mortalidad lleva una vida auténtica). Su segunda obra principal, The  Human Condition, publicado en 1958 y traducido al alemán por ella misma con el título Vita activa oder Vom  tätigen Leben (1960), está dedicada principalmente a la filosofía y en ella Hannah Arendt desarrolla esta idea  del nacimiento y de la acción. 

Pero vamos a ceñirnos a algunos rasgos del mundo actual que son problemáticos y que tienen una  cierta tendencia a desembocar en el totalitarismo por el alejamiento de los individuos de los valores cívicos  y de la política, algo que es esencial en la vida humana. Los factores que han promovido esto son: 

El trabajo y la fabricación de objetos ha ascendido al primer puesto de las actividades humanas  (CH331), pero solo debería ser un medio. Se convierte en nuestra manifestación pública: cuando nos  presentamos y decimos lo que somos, lo primero que decimos es nuestra profesión. 

Auge de la vida individual consumista y placentera: el individuo moderno también se aleja de lo  político a causa de la «radical subjetividad de su vida emocional» y de “su habilidad para vivir por completo  al margen de los demás” (CH 50). La esfera privada significaba en la Antigüedad el estar privado de algo:  estar privado de las más elevadas y humanas capacidades, que eran las que se ejercitaban en el ágora: “Un  hombre que sólo viviera su vida privada, a quien, al igual que al esclavo, no se le permitiera entrar en la  esfera pública […] no era plenamente humano” (CH 49). La esfera privada está privada de cosas esenciales  para una verdadera vida humana: de participar en la esfera pública, de la realidad de ser visto y oído por los  demás, de la presencia de los demás; viven en sus intereses personales que no son los que interesan a los  demás (CH 67). Esta primacía de la vida privada aleja al hombre de la vida pública y del compromiso político. 

Ya no está en el primer puesto en la escala de valores, ni es muy importante, el pensamiento y la  contemplación (hacer teorías) (CH 320). Pero pensar por sí mismo, intentar explicarse la realidad es algo  esencial a la vida humana. 

En la vida de la sociedad de masas se pierde la singularidad, la creatividad y la capacidad de hacer  algo nuevo: impera el individuo-masa. La igualación, el conformismo en lo público lleva a que lo característico  y la «particularidad» de los seres humanos se conviertan en asuntos privados de los individuos (CH 52), en  vez de ser el motor de su acción política. Lo interesante de la política sería la participación de una gran  diversidad de individuos, proponiendo una gran diversidad de posibles propuestas políticas. Pero la sociedad  tiende a “normalizar” a sus miembros, a hacerlos actuar, a excluyendo la acción espontánea (CH 51). 

El libro de Arendt es una reivindicación de la acción humana, entendida fundamentalmente como  acción política, como la actividad más propiamente humana, en la que los seres humanos muestran su  singularidad, aceptan sus diferencias y el pluralismo de visiones. El auténtico sentido de la política es  conceder protagonismo, no a la obediencia a uno, sino a la aparición de todos: hacer de la pluralidad la  instancia legítima para entender la constitución de la libertad10. Propone la política como creación frente a  la política de masas sin individuos creativos. Se trata de una acción política que no es repetir lo anterior, sino  crear novedades mediante la palabra (la violencia es la muerte de la palabra y, por tanto, la muerte de lo  humano). Se trata de una acción cívica y política, que contrarresta, por una parte, la sociedad de masas  uniformizadora y, por la otra, el individualismo despreocupado de la suerte de los demás. 

III. Eichmann en Jerusalén11 y La banalidad del mal: la necesidad de pensamiento Arendt asistió como reportera de la revista The New Yorker en Jerusalén al proceso contra Adolf  Eichmann, quien ideó y llevó a cabo el método tan efectivo de matar a tantos millones de personas en los campos de concentración. Al final del juicio escribe un libro titulado Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre  la banalidad del mal. 

Según Arendt, Adolf Eichmann no poseía una trayectoria o características antisemitas y no presentaba  los rasgos de una persona con carácter retorcido o mentalmente enferma. Actuó como actuó simplemente  por deseo de ascender en su carrera profesional y sus actos fueron un resultado del cumplimiento de órdenes  de superiores. Era un simple burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias. Para  Eichmann, todo era realizado con celo y eficiencia, y no había en él un sentimiento de «bien» o «mal» en sus  actos. 

El hecho de que el mayor mal de la historia (el holocausto) pueda ser posible por personas normales,  comunes, ordinarias, es lo que denomina Arendt “banalidad del mal”, que no es un concepto, ni una teoría,  sino solo una descripción de que la aparición del mayor mal puede darse de una forma normal, corriente,  desdramatizada, banalmente. Al hablar de banalidad no está calificando el mal, al que caracteriza por otra  parte como “radical” y “extremo”, sino la forma en que aparece en nuestra época12. Decía Arent: “Había pues  una enorme distancia entre el execrable horror de los hechos y la innegable insignificancia del hombre que  los había perpetrado” (EJ 85). “A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel  hombre no era un “monstruo”, pero en realidad se hizo difícil no sospechar que fuera un payaso” (EJ 85). 

Confusamente consciente de un defecto [sus problemas con el lenguaje] que debió vejarle incluso  en la escuela -llegaba a constituir un caso moderado de afasia- se disculpó diciendo: “Mi único  lenguaje es el burocrático [Amtssprache[“. Pero la cuestión es que su lenguaje llegó a ser  burocrático porque Eichmann era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera  una frase hecha […] Sin duda, los jueces tenían razón cuando por último manifestaron al acusado  que todo lo que había dicho eran “palabras hueras”, pero se equivocaban al creer que la vacuidad  estaba amañada, y que el acusado encubría otros pensamientos que, aun cuando horribles, no  eran vacuos. Esta suposición parece refutada por la sorprendente contumacia con que Eichmann,  a pesar de su memoria deficiente, repetía palabra por palabra las mismas frases hechas y los  mismos clichés de su invención (cuando lograba construir una frase propia, la repetía hasta  convertirla en un cliché) cada vez que refería algún incidente o acontecimiento importante para él.  Tanto al escribir sus memorias en Argentina o en Jerusalén, como al hablar con el policía que le  interrogó o con el tribunal, siempre dijo lo mismo, expresado con las mismas palabras. Cuanto más  se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su  incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona.  No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado  por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra  la realidad como tal (EJ pp. 77-79). 

Eichmann tenía la necesidad de repetir eslóganes para no tener que pensar. Eichmann fue un claro  ejemplo de cómo por falta de pensamiento propio alguien puede participar en la burocratización de la  maldad, donde las maquinarias administrativas parecen obnubilar la responsabilidad individual, donde los  subalternos tramitan la responsabilidad final a las élites13

Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones  que “resultar un villano” […] No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple  irreflexión -que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez- fue lo que le predispuso  a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como  “banalidad” e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir  a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea  algo normal o común […] En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén  fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los  malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana (EJ 417-418). 

La idea central, por tanto, de la obra es que las tragedias, como el Holocausto, las provoca la falta de  pensamiento y de reflexión, así como la falta de simpatía para pensar sintiendo lo que los otros sienten  (“Responsabilidad colectiva”, p. 159). El peligro es no pensar por sí mismo y dejarse llevar por las normas o  por la situación exterior. Según Tomás Domingo Moratalla14, Arendt definirá esta incapacidad de pensar  como: 1) incapacidad de pensar por uno mismo, en el sentido de la máxima kantiana del sapere aude, divisa  de la Ilustración, es decir, tener el valor de usar el propio entendimiento: construir sentido a pesar de las  reglas dominantes o la indeterminación dominante; 2) imposibilidad de ponerse en el lugar de otro, en el  punto de vista del otro, y así considerar también los resultados y consecuencias de los propios actos (En su  obra Entre el pasado y el futuro de 1968 dirá: “Cuantos más puntos de vista de la gente tengo presente en  mi mente cuando estoy ponderando un tema y cuanto mejor puedo imaginar cómo me sentiría yo si estuviera  en su lugar, más fuerte será mi capacidad para el pensamiento representativo y más válidas serán mis  conclusiones” -Arendt, Hannah 1993 Between Past and Future, New York, Penguin Books, p. 241-). 

Como dirá posteriormente en otra obra: 

Quienes aprecian los valores y se aferran a las normas y pautas morales no son de fiar; ahora  sabemos que las normas y las pautas morales pueden cambiar de la noche a la mañana y que  todo lo que queda es el hábito de aferrarse a algo. Mucho más dignos de confianza serán los  dubitativos y escépticos, no porque el escepticismo sea bueno o la duda saludable, sino  porque esas personas están acostumbradas a examinar las cosas y construirse sus propias  ideas. (“Responsabilidad personal bajo una dictadura”, p. 71). 

Pero las causas de esta incapacidad de pensar no son algo exclusivamente personal de Eichmann y  algunos nazis. Uno de los problemas principales para Arendt es la transformación de los seres humanos en  burgueses preocupados solo de su existencia privada e ignorantes de toda virtud cívica, algo que se da  internacionalmente, pero que es una de las causas principales de por qué se extendieron los crímenes  masivos con este tipo de soldados (“Culpa organizada y responsabilidad universal”, p. 162). Tenían una total  dicotomía entre sus funciones privadas y sus funciones públicas. Todo lo que hacían era en función de su  bienestar privado y de sus familias; por eso se avenían a todo (cfr. 164). Es la pérdida de la acción, el diálogo  y el pensamiento propio en la esfera pública que hemos visto en La condición humana. Nuestra sociedad  educa a las personas para un mundo de subsistencia y de eficacia, en detrimento de la “acción”, y lo ha  hecho históricamente mediante la obediencia y el control; se ha dejado de lado la educación moral, una  educación para la acción y para la pluralidad, para el ejercicio del juicio. Por eso es por lo que el totalitarismo  con sus múltiples rostros puede estar tan presente en sociedades muy democráticas. La educación moral,  una educación para la autonomía y la responsabilidad, sigue siendo una tarea fundamental en nuestra época  donde el ser humano sigue corriendo el riesgo de la banalidad15

Esta idea de la banalidad del mal y la sumisión sin pensar a la autoridad ha sido muy influente:  El experimento de Milgram, realizado por Stanley Milgram, y el experimento de la cárcel de Stanford parecen  confirmar la tesis de Arendt.


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